6 de noviembre 2021
Sahuayo, Michoacán, México. Jorge Martínez
(Nota: la foto no es la del vehículo accidentado; la hemos puesto para ilustrar la narración)
Tranquilos conducimos nuestros vehículos por la carretera, y de pronto, ¡un accidente! que, por fortuna, con frecuencia nada más nos acarrea sobresaltos, pero, a veces, graves agobios y hasta la muerte.
A eso de las diez y media de la noche recibí una llamada urgente en mi celular, notificándome que había ocurrido un percance en la carretera que separa a Sahuayo de Jiquilpan, a la altura del Centro de Convenciones, por lo que de mi casa salí en mi auto a toda prisa con la intención de recabar datos para una noticia periodística.
Al llegar al lugar de la tragedia me enteré de que un vehículo se había saltado el camellón central invadiendo el carril contrario, chocando contra otro que circulaba en sentido contrario.
La noche estaba lluviosa y al bajarme de mi carro el chipi chipi me empapó de pies a cabeza.
Llegué antes que la policía y que los mismos rescatistas, enterándome de que aquello era un infierno, y que posiblemente habría muertos, por lo que dejé por ahí la cámara de fotos y la grabadora para ir como de rayo a auxiliar a los afectados.
Con mil dificultades logré recorrer el asiento del copiloto y al abatir el respaldo para recostar a una dama, me enteré que ya estaba muerta.
Había tres jovencitas heridas de gravedad.
Era un cuadro de dolor, de sangre; un cuadro que, en lugar de contarlo, quisiera borrarlo de mi mente, lo que es imposible porque aún recuerdo el grito de una mujer que se combinaba con el de una niña.
Ya había recorrido el asiento del copiloto cuando llegaron los rescatistas.
Asimismo, a gran velocidad se hicieron presentes los agentes de la policía de caminos, y los elementos de seguridad pública de Jiquilpan para acordonar el lugar de la tragedia.
Los socorristas vieron a tres personas muertas y a las lesionadas.
Al ir al asiento del conductor, le hice una seña a un policía pidiéndole auxilio, y se acercó con presteza para romper el vidrio trasero, y le dije:
-Ayúdeme a desatorar a esta mujer prensada contra el volante.
Me metí y la sacamos; con gran cuidado la dejamos en el piso y me indicó el policía:
-está muerta.
-¡No es posible, señor oficial, porque antes de que usted llegara gritaba muy angustiada!
-Pues, amigo, por la rigidez que presenta su cuerpo deduzco que murió cuando ocurrió el accidente, hará tal vez una hora u hora y media.
-Pero, si hace unos minutos pedía auxilio; preste atención, se escucha el llanto de una pequeña.
Pero yo no la vi porque no traía linterna.
Un rescatista apagó el motor del vehículo y los otros sacaron a los muertos y a los heridos.
Mientras tanto, me olvidé del periodismo, preocupado por el llanto que escuchaba con gran claridad; busqué de dónde salía, dándome cuenta, por fin, de su procedencia.
Era de una niña que tenía medio cuerpecito debajo del asiento de la conductora.
Poco a poco la saqué, jalándola con fuerza.
Recuerdo esa cara preciosa, aunque llena de aceite y de polvo, que me miró y con sus bracitos rodeó mi cuello.
En ese momento no supe si era el abrazo de un ángel, de la muerte, del amor, o de algo que no puedo explicar.
Al apretarla con fuerza contra mi pecho sentí que la adrenalina bañaba mi cuerpo; la bajé del vehículo y grité, como loco:
-¡Aquí está una niña… auxilio, socorristas, policía … una niña está viva…. Vengan, de prisa..!
Ella me veía con sus ojitos llenos de lágrimas, pero alegres.Rápidamente llegaron la policía y los bomberos que me quitaron a la pequeña, diciéndome:
-¿Por qué la estás auxiliando?
-¡Porque está muy herida!
-¡Ha fallecido!
-¡No es posible… me acaba de mirar muy alegre!
-La sacaste muerta… según se deduce por su rigidez cadavérica perdió la vida hará más de dos horas.
-¡Pero hace unos minutos pedía auxilio, llorando; la saqué y me abrazó, colgada a mi cuello!
Y me dirigí a todos:
-¿Alguien más la escuchó? Y un socorrista expresó que él también la había oído.
Me subí a mi carro; regresé a mi casa con la sensación agradable de haber ayudado a una pequeña; no me interesaba saber si ya estaba muerta; sólo quería recordar su rostro, que me daba las gracias.
No redacté la nota periodística; se me fueron las horas recordando aquella carita risueña.
Ahora que estoy escribiendo este texto, aún la veo sonreír, y mi corazón se alboroza por haberla tenido en mi pecho, muerta o viva ¿qué importa?
Me alegro de haber atrapado un pequeño rayo de luz.
